Tiene la música en sus manos. Y se le pasa para la cabeza, los pies…
Para que no brillara con luz propia, una clave de sombras le remacharon a la clave de sol de su pentagrama. Con lo que no contaban, era con que esta joven caleña tomaría la batuta de su vida y les daría a sus detractores un concierto de cómo se triunfa en la vida a pesar de los obstáculos.
Aplicó para la beca Studienstipendien Musik 22/23 en Alemania, abierta para 60.000 aspirantes a nivel mundial; siendo seleccionados 234 para música, 30 de ellos de Latinoamérica, de los cuales, 17 fueron los escogidos. Y ella fue la tercera mejor calificada, por lo que en la actualidad se encuentra en Colonia (Alemania) estudiando dirección de orquestas sinfónicas.
La vida de María del Mar Goyes Rojas ha sido una cajita de música, con altos y bajos. Como bachiller musical del Instituto Departamental de Bellas Artes de Cali se destacó en la ejecución del violín; en su pregrado de Dirección Orquestal en la Universidad del Valle, sobresalió con su trabajo de grado al dirigir una orquesta en público, con más de 50 músicos en escena.
Y ahora, en sus cortas vacaciones, llegó a Cali para dirigir unos ensayos con la escuela de música de Univalle. Allí, entre los 38 músicos que tenía bajo su batuta, había cuatro chicos que fueron sus alumnos en la Escuela de Música de Desepaz, en el Distrito de Aguablanca de Cali. Y ello más que sorprenderle, le aguó los ojos. Eso la llenó de orgullo. ¡ Arriba muchachos ¡
María del Mar al pisar el podio y levantar la batuta, se transforma. Deja de ser la chica sonriente y vivaz para convertirse en la diosa Euterpe, vuela con las manos, se adentra en un mundo de partituras, pentagramas, solfeos, negras, blancas, corcheas, fusas, semifusas y otras cosas confusas que solo entienden los estudiosos del tema.
Verla dirigir es un espectáculo. Se ve seria, imponente, levanta una mano, baja la otra, dibuja olas en el aire, empuja los brazos hacia adelante y hacia atrás, mueve la cabeza, se revuelca el pelo, gesticula, hace muecas e imita al perro de la Víctor cuando agudiza el oído y mira pa’l techo, porque sabe que el lenguaje corporal facilita la ejecución y controla el ‘tempo’ y el compás a los músicos que la miran de reojo.
No se le escapa el más mínimo detalle. Sabe si el violín entro antes que el fagot o si el oboe se bajó en una nota; algo que solo se logra con los estudios de especialización que adelanta, en el que el desarrollo del oído absoluto es tal, que puede realizar identificación de tonos en objetos puramente ruidosos y no necesariamente instrumentos musicales.
Hay cosas en la vida que parecen fáciles y hasta se ven fáciles. Pero dirigir una orquesta… ni lo uno ni lo otro. Según el diccionario, es una profesión consistente en dirigir un grupo de músicos, haciéndose cargo tanto en los ensayos como en actuaciones y grabaciones de estudio.
A partir del estudio de la partitura, deberá encargarse de unificar la interpretación de una obra que ejecutará el grupo. Mientras dirige la orquesta, debe estar atenta a que la versión que construyó en su cabeza, de determinada obra, esté sonando en el momento de la ejecución. Al mismo tiempo, debe potenciar a cada músico para lograr el mayor rendimiento de la agrupación musical. ¿Fácil, no?
Su lenguaje es una torre de Babel. Habla de tutti, vibrato, rubato, allegro, forte, matiz, afinación, empaste, ensamble, balance, cocacho, pilas y ojo con eso. Para no perder el sentido del tiempo mira el reloj de vez en cuando, agudiza el ojo, frunce el ceño y al enterarse que ya lleva dos horas en el podio, agrega una nueva frase: ‘juepucha’.
Sabe que es hora de estar alistando maletas para su regreso a Colonia (Alemania), que la familia, los amigos, alumnos y colegas le están copando la agenda para una cena o una salida y no puedes quedarles mal; porque es tal su sencillez y carisma que aquellos que en otrora la atajaran, hoy la aplauden desde los palcos.
No guarda rencores. Ese capítulo de su vida, en el que querían cerrarle el cerco para que no volara tan alto, ya lo cerró. Ahora, este Mar de Música le agradece a la vida, recuerda a su natal Cali con cariño y añora llegar a la Scala de Milán.
Y con los tropiezos que pueda encontrarse en el camino, ni fu, ni fa, ni do, ni re…
William López Arango