BALIDOS Y MUGIDOS DE CALI, SE OYEN EN EL MUNDO ENTERO
El promotor de todo esto se llama Héctor Rocha. Un caleño raizal, nacido en el barrio Saavedra Galindo, padre de cuatro hijos y abuelo de cuatro nietos, conocido con el apodo de ‘El Piernas’, quien utilizando ese par de lagrimones que cuelgan del toro hace maracas y con el cuero del chivo fabrica bongoes, congas, timbales, tamboras, batás y toda clase de instrumentos de percusión.
Es tal la calidad, el brillo, la textura, la tonalidad, la gravedad y la finura de sus creaciones, que hoy en día La Fania, El Gran Combo, La Orquesta Aragón, La Sonora Ponceña, Guayacán, La Luz del Japón, Los Hermanos Lebrón, El Grupo Niche, La Escala de Milán, la Filarmónica de Nueva York, Óscar De León, la Orquesta de Tito Puente, El Conjunto Clásico Los Rodríguez, por sólo nombrar algunos, las utilizan en sus conciertos.
Roberto Roena, Papo Lucca, Moncho Sánchez y Santiago Cerón, al igual que el desaparecido Ray Barreto, han sido sus clientes habituales, pues no desaprovechan una gira musical por Cali para comprar güiros, campanas, claves, maracas y bongoes marcados con sus nombres y pintados con la bandera de su país de origen.
PEGÁNDOLE AL CUERO
‘El Piernas’ nunca se imaginó que con los lagrimones de los toros que conseguía en las galerías de Cali para fabricar maracas y los pergaminos de los chivos que le traían del municipio caucano Santander de Quilichao para calibrar sonidos, fuera a ser considerado el máximo y mejor exportador de instrumentos de percusión en el mundo.
Allí, en la sonora casona de la carrera 17D con Transversal 30 del barrio Saavedra Galindo de Cali que hoy ocupa, comenzó hace 45 años su taller con 25 empleados. Torneros, carpinteros, maestros de la curtiembre y expertos en herrajes y tensión le dieron vida al sabor tropical, caribe y celestial de la madera y el cuero.
Su fiel tornero, Harold Arias, no sólo fue pionero del taller, sino que hoy a sus 95 años de edad aún lo acompaña y le muestra las manos callosas y las uñas curtidas por la viruta, el tapón, el aserrín, el formón, el cepillo y la vela de cebo que lubrica las máquinas. La cal viva en la que reposan durante cuatro días el cuero de chivo y los lagrimones de toro, también han colaborado a su deterioro.
El veterano artesano ha sido testigo de cómo se fue puliendo ‘El Piernas’ desde el año 1964, cuando ese enorme chico de 1.80 metros de estatura recorría las calles del barrio tocando tambor con un par de tarros de galleta, amenizando las fiestas y cantando Tutaina en los pesebres del vecindario.
De aquella época ‘El Piernas’ recuerda que le regalaron su primer tambor de cuero y con él ingresó a las orquestas Ataway y Las Estrellas de América. Un músico compañero le prestó un tambor americano y luego de sacar la muestra fabricó uno, el cual llevó a una casa de empeño para que le dieran $2.000. El dueño de la prendería le encargó dos más, luego cuatro y así sucesivamente hasta que fue contactado por las casas musicales de la ciudad.
TALENTO DE EXPORTACIÓN
El ser un reconocido percusionista lo obligó a investigar acerca de la acústica que da la madera del guayacán, el granadillo, la pandala y la toca; a templar el cuero del chivo y darle el grosor para el sonido deseado; a inflar los lagrimones de los testículos del toro para echarle semillas de achira a la maraca; a calibrar herrajes de acero y medir milimétricamente cada pieza.
Aprendió que la medida americana del bongó de 18 pulgadas para el parche pequeño y 22 pulgadas para el grande se podía modificar y comenzó a fabricar unos de menor dimensión para ajustarse a las exigencias de los niños. Así creó la academia escuela que hoy tiene, donde no cobra ni un solo peso, siempre y cuando los alumnos le compren sus instrumentos.
Fue tal la calidad de sus productos, que el éxito no demoró en llegar. Tuvo encargos por docenas de España, Estados Unidos, Puerto Rico, Cuba y Venezuela. Los mejores artistas del mundo querían tener los mejores cueros del mundo y debían tener paciencia, ya que elaborar cada obra de arte demoraba hasta una semana.
Los nuevos ricos de Cali querían llegar a La Taberna Latina, a Tin Tin Deo y a La Barola con los fierros de ‘El Piernas’ así no supieran tocar ni la puerta de entrada, pues creían que cuando les hablaban de ‘la tumbadora’ se referían a la amiguita. Pero bastaba con que los salseros los vieran entrar con el logo HR en sus timbales y el destello del oro en la penumbra, pues en ese entonces, ellos le ponían dijes hasta a la cadena de la bicicleta.
Ahora, pese a que la recesión económica le redujo los empleados de 25 a 5, se siente orgulloso de haber encontrado en sus obras la brillantez exacta, el tono agudo, la afinación y la perfección de los sonidos alegres. Y se pone contento al ver a su nieto Héctor Daniel, de escasos 10 años, pegándole a la campana, azotando las maracas y dándole al cuero, como si fuera un auténtico maestro.
Orgulloso, ‘El Piernas’ se levanta de su silla, muestra las fotos que tiene con los famosos, recorre el taller donde sus artesanos le dan vida a la melodía y acaricia los instrumentos que tiene listos para llevar a vender al Parque de la Música, ya no por los $2.000 de la época, sino desde los $150.000, pues músico que se respete entona en sus melodías: “En tumbadora, bongó y campana, a El Piernas nadie le gana”.
Y acomodando su enorme figura en un butaco, Héctor Rocha abrió sus ‘piernas’ apretó entre ellas el bongó, miró hacia el cielo, se encomendó a la musa de su inspiración y con sus dedos prodigiosos creó sonidos de la nada que inundaron su taller con aires de bolero, guaracha y son, mientras se le descolgaban dos lagrimones…
/William López Arango – wlopez@cali.gov.co
Foto: Germán Nieto