‘Los Chaparrines’ revivirán con las memorias de un desmemoriado
Por allá en el año 1967, cuando la radio era la mejor distracción familiar del momento y el ruido de fondo que generaba la señal obligaba a imaginar la mitad de lo que se escuchaba… un programa ineludible comenzaba su introducción de lunes a viernes con algo parecido a:
“Desde las instalaciones de Caracol radio, los mejores elencos del buen humor… aquí están Víctor, Mario y Augusto: Los Chaparrinesss, con libretos de Enrique Saquisela…”
Eran cuatro hermanos, hijos de un padre dedicado al arte de ser payaso y una madre trapecista. Algo inusual para la época. Con toda razón los pequeños hijos ‘crecieron’ en medio de la animación, el chiste y la comedia. ‘Crecieron’ es un decir, pues por cosas del ADN sus estaturas no eran como para ser los últimos de la fila y aún ser visibles; por eso su padre les llamaba de cariño, “Mis chaparrines”.
Ese fue el mismo nombre que adoptó el programa radial más famoso del país en la década de los 60. Los hermanos Saquisela se convirtieron casi que en los primeros humoristas radiales de Colombia.
Pero quien estaba detrás de bambalinas y el encargado de darle vida y chispa a ‘Los Chaparrines’ y al famoso personaje de ‘Mamerto’, fue Enrique. Él pasaba noches enteras ideando la manera de continuar atrapando audiencia. Eran chistes fuertes, directos pero con mucha clase y sin palabras obscenas. El blanco de la época era los personajes políticos que dieran papaya. Allí radicaba el éxito del programa.
Enrique tocó la fama al lado de sus hermanos; normal como con todo lo que se vuelve popular y más cuando eran tema obligado en miles de hogares. Pasaron a ser invitados especiales a muchos lugares, contratados para cientos de shows y fácilmente traspasaron las fronteras colombianas.
La historia iba bien, hasta que la familia se comenzó a fracturar. Enrique perdió a sus hermanos y a sus padres de una manera tan rápida, que no tuvo tiempo de asimilar cada pérdida, cuando ya se presentaba la siguiente.
Eso lo sumió en un cuadro depresivo severo que lo arrastró al uso desmedido del alcohol. Enrique se aisló, tocó fondo y además su familia (esposa e hijas), se alejaron de él. No vio mucha esperanza y trató incluso de atentar contra su vida en dos oportunidades, pero eso fue solo un mal chiste que Enrique no hubiera querido libretear.
Así, solo y tras muchos, pero muchos años de lucha contra sí mismo y las sombras de su dolor interno; Enrique escuchó sobre la posibilidad de poder internarse en el E.S.E Hospital Geriátrico y Ancianato San Miguel, ubicado al sur de Cali y que es en la actualidad el único centro en Colombia que además presta servicios hospitalarios a la población adulta mayor, pues atiende 307 personas en sus 39 mil metros cuadrados de terreno, con servicios de larga estancia.
“No se imagina lo duro que es perder todo en tan poco tiempo; no es fácil manejar esa situación sobre todo cuando éramos hermanos tan unidos. Se pierde el norte hasta que ya no se sabe ni quién es uno mismo”, comenta Enrique con una voz casi imperceptible.
No quiere -o no le gusta- recordar su edad por ser desmemoriado, pero sabe perfectamente que a San Miguel llegó hace tres años y que de ahí, no piensa moverse: “yo trato de ser de ayuda, aquí me siento útil. Les colaboro a mis amigos que tienen que usar bastón o sillas de ruedas; juego parqués o bingo con ellos… me entretengo. Aquí me tratan bien y me siento feliz”, agrega.
Se viste de punta en blanco con guayabera, medias blancas y zapatos negros de material, como evocando esos grandiosos años de gloria. Se sienta en una de las sillas exteriores del ancianato con su radio de pilas, bajo un inmenso árbol que no solo lo guarda del sol sino que lo inspira.
Enrique está escribiendo lo que él mismo denomina, su gran obra final: un compilado de chistes fuertes, cortos y directos como en sus mejores épocas. Se llamará, ‘Memorias de un desmemoriado’. No se les olvide comprarlo.
Juliana Rosero Berrío.