DE ‘MUGRERO CHICO’ A ‘POTRERO GRANDE’
Los celulares, con los que ella se gana la vida vendiendo minutos, eran los únicos objetos de valor que había en ese lote de 3 metros de largo por 4 metros de ancho que esta caleña de 39 años invadiera, junto con otras 80 familias, en un deprimido sector de Navarro bordeando el río Cauca.
Para que no les quiten lo poco que tienen, Luz Dary, su hijo de 19 años y Coco, de cuatro; al igual que sus vecinos de invasión duermen con un ojo cerrado y el otro abierto. Unos tienen televisor, equipo de sonido y hasta nevera, pero se arriesgan a que se los roben o a que se les funda porque la energía la piratean de los postes, a través de cables que un vecino electricista les acondiciona por cinco mil pesos, sin garantía de un sobre voltaje.
La ‘casa’ de Luz Dary tiene el piso en tierra, las cuatro paredes son en esterilla de guadua, el techo lo construyó con ocho listones de madera y sobre ellos colocó seis tejas de cartón encerado, cuatro pedazos de lata, más de 20 chuspas de plástico y seis enormes piedras ubicadas estratégicamente para que el viento no los vaya dejar a la intemperie.
Diagonal a su ‘casa’ su hijo cavó un hoyo con vista y desagüe al río Cauca, donde se sientan a contemplar el panorama a través de una ventanita que sirve de respiradero a la letrina. Allí mismo, a un lado del improvisado sanitario, colocaron una caneca plástica a la que le caben 50 galones de agua que traen del río para bañarse.
El agua para beber o cocinar se la compran a un carretillero, quien por mil pesos les llena dos ollas. El precioso líquido debe durar toda la semana. La ropa la lavan en la orilla del Cauca los domingos o el día que no vaya a trabajar y la extiende en alambres que amarran de dos árboles, vigilando que no vaya a pasar alguien con ganas de estrenar.
Hace seis años, cuando Luz Dary laboraba como aseadora en el Concejo de Santiago de Cali, un concejal le aconsejó que ahorrara una platica para que se hiciera a su propia casita. Ella pensó que eso era imposible. Lo veía como algo inalcanzable. Primero porque no creía en palabra de político; y segundo porque lo poco que ganaba era para el estudio de su hijo, el transporte de ambos, el mercado y pasar el día a día.
SE LE APARECIÓ LA VIRGEN
Ella poco soñaba. Comprensible cuando se duerme con un ojo abierto. Pero un día ese ojo avisor la hizo saltar de la cama un martes a las 5:30 de la mañana. Destrabó el alambre que servía de cerradura a la puerta, sacó la cabeza y vio lo que siempre temió durante sus ocho años de invasión: había llegado la policía a desalojarlos.
Su hijo se armó con un bate de béisbol. Ella, con una mano tapaba la entrada de la puerta y con la otra sostenía la cobija que la cubría. En esa oscuridad sólo se oía la gritería de los vecinos, el llanto de los niños y los madrazos contra la fuerza pública. Las luces de los vehículos dejaban entrever sombras de hombres con escudos, cascos y garrotes, quienes muy amablemente les decían: “salgan por las buenas, recojan sus cosas…”
La mayoría de sus vecinos invasores, pese a que muchos no habían tenido acceso a educación, recitaban de memoria artículos de la Constitución Política de Colombia, del código civil, el texto de la declaración universal de los derechos humanos y otras normas. Las decían al pie de la letra, aunque estaban semi dormidos y asustados.
Más de tres horas duraron los forcejeos. Casi a las 9:00 de la mañana se habló de concertación. Los representantes de la Alcaldía explicaron aquello del alto riesgo, de la furia de la naturaleza, de la ocupación de terrenos de manera ilegal y de las reubicaciones, como si ellos no lo tuvieran claro.
Les prometieron que si desalojaban voluntariamente serían reubicados en una urbanización con vías pavimentadas, casas de ladrillo y cemento, con todos los servicios públicos (agua, luz, teléfono), con baños de porcelana, ducha, ventanas de cristal, puertas con llave, lavadero de granito y techo sin piedras que no dejen volar las tejas.
Les hablaron de Potrero Grande. De subsidios. De mejor calidad de vida. De una nueva vida. De ser propietarios. De no más persecuciones. De dormir con los dos ojos cerrados. De soñar despiertos. De crecer en familia. De no oír más el rugido del río crecido. Y de que sería muy poquito lo que tendrían que pagar por todos esos beneficios.
Muchos se mostraron incrédulos. Luz Dary confió en la palabra del Alcalde y en las buenas acciones de la corregidora de Navarro. Esa misma mañana, rayando el medio día, metió los celulares al canguro, empacó su ropa en una caja de cartón; la estufa de una boquilla, las ollas y la vajilla en otra caja, mientras su hijo cargaba el bate, una grabadora, un pote de moco de gorila y una caja de cartón con huequitos para que respirara Coco.
A partir de entonces ella, su hijo y su perro recordaron lo que es volver al Hotel Mama, a gozar con la alcahuetería de la abuela y a disfrutar la delicia del concentrado, aunque no ven la hora de que sea finales de julio o principios de agosto para que les entreguen su casa en Potrero Grande.
DEL DICHO AL HECHO
Gracias al Gobierno Nacional, al Gobierno Municipal de Santiago de Cali, a la Secretaría de Vivienda y a la diligencia de la Caja de Compensación Comfandi, ya tienen pagados 15 millones 300 mil pesos (10 millones 100 mil pesos que dio el Gobierno Nacional y 5 millones 200 mil pesos que dio el Municipio) para ver su casa de 28.01 metros cuadrados en dos pisos, con posibilidades de ampliarla hasta los 69 metros.
Todas las casas vienen construidas con salón múltiple, cocineta, escalera para el segundo piso, baño con ducha, lavamanos y sanitario, una alcoba con balcón, con un área para futuro desarrollo en el primer piso de 25.67 metros cuadrados y con 16 metros cuadrados para el segundo piso, para sumarlos a los 28.01 metros cuadrados que recibirán muy pronto.
“No puede ser que de vivir en un lote ajeno de 3X4, a orillas del Cauca, sin servicios, con piso de tierra, esterilla de guadua, plástico y cartón, pase a residir en una mansión con escrituras propias. ¡Por Dios! Cómo no creer en este gobierno, en el Alcalde Ospina, en el secretario Flórez. Voy a montar mi negocio de internet, venta de minutos, vídeo y música” decía Luz Dary Ceballos en medio de un llanto tan emocionado que no le permitía destrabar los dedos de sus manos.
Pero ella no era la única que vivía en éxtasis. Álvaro Herrera, un vendedor de dulces en condición de discapacidad que llegó de la Colonia Nariñense; Ángela Torres, una morocha de El Charco que vende chontaduros; Nicolás de Jesús Gómez, invidente nacido en Marinilla (Antioquia) que llegó a Cali hace 10 años con una chaza; María Josefina Cayo, una caucana de Corinto que trabaja en una casa de familia y miles de destechados más, no podían dar crédito a lo que estaba sucediendo.
Samir Zamora, Nohemy Valencia, José Paulino Victoria, Shirley Monsalve, Clara Rosa Carabalí, Carlos Andrés Riascos, Fabiola Gómez, Mary Lady Sarria, Walter Obregón, entre otros, también hacían parte de los 1.095 afortunados que recibían el subsidio para pagar sus casas en la tercera etapa; pues de este beneficio ya gozan 1.753 familias de la primera etapa y 1.019 de la segunda, que viven como reyes. Y pronto lo tendrán otras 739 familias que están en espera para la etapa cuatro y completar así las 4.606 soluciones de vivienda de que consta el proyecto habitacional Potrero Grande, con una inversión cercana a los 90 mil millones de pesos.
“Vea como es la vida: nunca me imaginé que la virgen se me fuera a aparecer vestida de policía. Los que piensen que esto no es un nuevo latir, no tienen corazón” decía sonriente Luz Dary mientras agitaba en su mano izquierda la carta cheque que le entregó el ministro Juan Lozano.