En Chiminangos, la ayuda mutua hace más llevadera la instrucción de desalojar los apartamentos tras el terremoto
| Los niños han encontrado un espacio en el que se les permite conservar su salud mental con diversas actividades de recreación.
Santiago de Cali, 27 de agosto de 2026
En Chiminangos, buena parte de sus habitantes han perdido el sueño, pero no la esperanza. Podría explicarse en las condiciones de los nuevos dormitorios, el llanto de los niños o el temor de regresar a unos apartamentos que, aunque siguen en pie, dejaron de sentirse seguros.
Los bloques de las etapas I y II, en la Comuna 5 de Cali, cargan desde hace días una nueva imagen. Sobre la calle 62, donde antes desfilaban los vehículos y transcurría la rutina de un barrio popular, ahora se levantan carpas que funcionan como refugio, centro de acopio y punto de encuentro. Allí se reciben víveres, pañales, productos de aseo y, sobre todo, la ayuda de una ciudad que se conduele de quienes atraviesan esta difícil situación.
El terremoto del 10 de agosto cambió la vida de cientos de familias. Los edificios antiguos sufrieron daños estructurales, especialmente en las escaleras de acceso, y las autoridades recomendaron desalojar los apartamentos que representan algún riesgo. La orden, sin embargo, abrió otro problema: ¿cómo abandonar una vivienda sin dejar atrás las pocas cosas que una familia ha conseguido durante años?
María Fernanda Londoño, bailarina y usuaria habitual de la Ciclovida, conoce esa pregunta de primera mano. Es damnificada, perdió su fuente de ingresos y tiene un emprendimiento afectado por la emergencia. Aun así, permanece en medio de la comunidad organizando ayudas. Su historia parece resumir la de muchos vecinos: mientras intenta resolver su propia vida, encuentra tiempo para ayudar a los demás.
Todo comenzó, cuenta, con una olla comunitaria. Al principio, era una manera de garantizar que nadie pasara hambre. Después se convirtió en algo más grande. Los vecinos empezaron a organizar donaciones y a distribuirlas, no solo entre los habitantes de Chiminangos sino también hacia otros lugares afectados.
“En este sector, el 90% de las ayudas son de la comunidad para la comunidad”, resalta María Fernanda.
Desde allí han salido vehículos cargados con ayuda hacia Buenaventura, Chocó, El Águila, La Playita, Aguaclara, Darién y Dapa. La tragedia, en lugar de cerrar las puertas del barrio, las abrió hacia otros territorios que también necesitaban una mano.
Los pañales se han convertido en una de las ayudas más solicitadas y las familias se las ingenian con estufas, neveras y utensilios para preparar sus alimentos.
La emergencia también dejó al descubierto otra herida: el desempleo
María Fernanda tenía un emprendimiento en el Petronio Álvarez, el Festival de Música del Pacífico que, a falta de dos días, no pudo desarrollarse por las consecuencias del sismo. La mercancía quedó almacenada y, como había pedido un préstamo para adquirirla, ahora carga también con una deuda. Parte de sus productos, explica, pueden haberse perdido.
En su caso, además, una de las vitrinas de su almacén en La Rivera se rompió durante el terremoto. La mercancía cayó y se dañó. Ahora busca vidrios o vitrinas que le permitan reconstruir su pequeño negocio. Porque ser damnificado, insiste, no significa haber dejado de querer trabajar.
“Un damnificado no es un habitante de calle. Un damnificado no es una persona que no quiera trabajar”, afirma. Es, simplemente, alguien cuya vida quedó alterada por un acontecimiento colectivo.
La frase adquiere sentido mientras se observa el movimiento alrededor de las carpas. Allí están los propietarios de apartamentos, arrendatarios, vendedores de arepas y café, trabajadores de los edificios y quienes tenían pequeños negocios. Todos perdieron algo, aunque la pérdida no siempre pueda medirse en paredes derrumbadas.
A algunos habitantes no se les permite ingresar a sus apartamentos para retirar sus pertenencias. Muchos permanecen cerca de los edificios porque temen que, si los abandonan, sus cosas puedan ser saqueadas. Otros no tienen empleo al que regresar.
La olla comunitaria, una expresión visible de esa resistencia
Se buscan alimentos, se preparan comidas y se distribuyen entre quienes permanecen en el sector. También se reciben donaciones para los niños y los adultos mayores.
María Fernanda habla de todo esto sin dejar de agradecer. A los vecinos, a los medios de comunicación, a quienes llegan con alimentos y productos; a la Policía y al Ejército. Agradece cada ayuda, pero también pide que la tragedia no desaparezca de la memoria de la ciudad cuando las calles vuelvan a la normalidad.
Aquí la emergencia permanece levantada en forma de carpas. Permanece en las escaleras averiadas, en los apartamentos vacíos, en los negocios cerrados y en las familias que no saben cuándo podrán regresar. Permanece en los niños que necesitan volver a dormir tranquilos y en los adultos que quieren recuperar su trabajo.
Pero también permanece otra cosa: una comunidad que decidió no esperar de brazos cruzados. Una persona busca una estufa. Otra consigue alimentos. Alguien pregunta por pañales. Otro ofrece una vitrina. Un vehículo sale cargado de donaciones hacia otro municipio. Y así, entre una necesidad y una respuesta, Chiminangos va reconstruyendo algo que el terremoto no logró derrumbar: la idea de que, cuando la vida se sacude, todavía es posible sostenerse unos a otros.
María Fernanda lo resume con una frase sencilla: “Cali se va a levantar pronto”. Por ahora, en Chiminangos, levantarse significa mucho más que volver a entrar a un apartamento. Significa cocinar juntos, cuidar a los niños y brindarles espacios de recreación; proteger las pertenencias, recuperar los pequeños negocios y convertir las carpas en un lugar de encuentro.
Mientras llega el momento de regresar a casa, la comunidad ha hecho de la solidaridad un hogar provisional.
Para tener en cuenta
La Alcaldía de Cali ha prestado acompañamiento en este sector, a través de las secretarías de Gestión del Riesgo de Emergencias y Desastres, Bienestar Social y la de Paz y Cultura Ciudadana.
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