Las mujeres berracas de los ‘Mercados Campesinos’: mezcla perfecta de razas, sabores, colores y saberes
Historias que van más allá de lo que se vende, hacen parte de los ‘Mercados Campesinos’ que los fines de semana abastecen de alimentos a caleños y caleñas.
La una de la etnia negra, la otra de la indígena; ambas luchadoras como las más, son de esas mujeres guerreras, gladiadoras y heroínas que trabajan como hormiguitas para poder sostenerse y hacer lo propio con hijos, padres y hasta nietos.
Ambas coinciden en que durante la semana, además de los quehaceres de la casa, deben estar en pie desde tempranas horas de la mañana. Los jueves comienzan con el proceso de recolección, compra y almacenamiento de frutas, verduras, hortalizas y todo lo que se da en sus territorios, además de procesar los productos elaborados para posteriormente ponerlos al alcance de los consumidores.
Ellas son Alba Nelly Bolaños, una negra con apariencia bonachona, procedente de Santander de Quilichao, departamento del Cauca; y Rosario Imbajoa Rivera, indígena ella, también bonachona, del departamento de Nariño, hoy asentada en el corregimiento La Castilla, zona rural de Santiago de Cali.
Ambas tienen muchas coincidencias, tanto que el destino las puso en tareas similares, lugares comunes, en horarios y días idénticos, inclusive a las dos les toca pegarse tremenda madrugada para llegar temprano a su punto de trabajo y poder prestar sus servicios a la comunidad, proveyéndola de alimentos necesarios para la subsistencia de unos y otros.
Ellas convergen en el mismo sitio los sábados, el Mercado Campesino-Mercavida, que se ubica en el barrio Nápoles, al suroeste de Cali (comuna 18), por más señas, muy cerquita a la zona de ladera.
“Paso mucho trabajo para llegar hasta acá; madrugo a la 1:00 de la mañana y el transporte me recoge a las 2:00. Tipo 3:30 ya estoy llegando aquí al sitio de trabajo”, describe Alba Nelly Bolaños, la negra quilichagüeña que no le falla a sus clientes del mercado campesino.
“El día sábado nos levantamos a las 2:00 de la mañana para organizarla y aquí llegamos a las 6:00. A esa hora los clientes, gracias a Dios, nos están esperando. La comunidad de este barrio nos aprecia mucho”, manifestó Rosario Imbajoa Rivera, una nariñense radicada, con familia y todo hace más 10 años en el corregimiento La Castilla.
Y es que ambas son un claro ejemplo de la mujer campesina colombiana, que le madruga al día para que le rindan sus oficios domésticos. “Entre semana siempre es duro como siempre, nos levantamos la familia a organizar todo lo que sea necesario y salimos a trabajar haciendo labores del campo como a desherbar, picar y sembrar para después cosecharlo. Desde el día jueves empezamos a preparar todo, por lo menos con la pelada de los pollos. Y el viernes alistamos la carga para traerla acá el día sábado”, relata Rosario.
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“Me toca entre semana conseguir algunos productos que no produzco o no tengo en la casa. El día viernes consigo lo que no cultivamos como la cebolla larga, cebolla cabezona, papa y zanahoria. Hay productos que compañeros y vecinos me brindan, se los compro a ellos y los traigo al mercado”, explica Alba Nelly Bolaños.
Y quién dijo que eran fácil las labores del campo. Allá mujeres y hombres meten mano, tieso y parejo realizan grandes esfuerzos para poder cosechar. Estas cosechas siempre están en riesgo, en una constante lucha que desde la urbe se desconoce, pues los alimentos frescos llegan a estos mercados sin contar la verdadera historia que hay detrás.
En el caso de Alba Nelly, asegura que genera empleo, como quiera que le toca contratar mujeres para que le ayuden en algunas labores y a hombres para trabajos pesados.
“Dos señoras mayores me colaboran en unas labores específicas. Para conseguir y rajar la leña para el horno, sí toca conseguir hombres, ellos ayudan a cortar la leña. Y toca pagar para que en un molino eléctrico nos muelan el maíz de los envueltos, las tortillas, las panochas y el pan de horno. Con esto he criado a mis tres hijos, les di estudio y ya están independientes; ahora tengo nietos”, cuenta riéndose doña Alba.
Situación similar vive Rosario en La Castilla, donde le toca dejar las cobijas desde muy temprano para preparar el desayuno de todos, colgar el delantal y a labrar la tierra se dijo. Eso sí, de la mano de hijos y otros familiares que se involucran en las faenas diarias.
“Nosotros de las mismas plantas que sembramos sacamos la semilla y volvemos a sembrar; eso mismo que cultivamos es lo que traemos a vender aquí. La situación está muy dura, los insumos están muy caros y es difícil, sobre todo porque nosotros sí tenemos nuestros productos, todo lo cosechamos en el campo”, precisó Rosario, quien hasta el mercado campesino llega con hijos y familiares para atender el negocio.
“De este negocio hay que ayudar a mi papá, mi mamá y también un tío, ellos ya tienen mucha edad y toca colaborarles. Papá y mamá viven en Nariño y desde que nosotros tenemos uso de razón siempre hemos cultivado el campo. Ahora estamos en la zona rural de Cali y seguimos en lo mismo. Esos son los saberes de nosotros, que también han aprendido nuestros hijos, también la familia”, concluyó Rosario Imbajoa.
Y en esta ligera aproximación a la canción El Tomatero, versión (salsa) de Kim De Los Santos, ya han conocido la historia de estas humildes campesinas, que cosechando y vendiendo frutas, verduras, hortalizas, condimentos, hierbas aromáticas y alimentos procesados artesanalmente, entre otros, fue que quisieron hacer dinero; sí, ese que ellas mismas dicen enfática y vehementemente, necesitan para poder tener un bienestar y brindarle mejor calidad de vida a hijos, nietos, padres y hasta tíos.
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