El Coliseo de Hockey alberga un amor que no se doblega ni ante la furia de la naturaleza
- Historia de un venezolano y una bonaverense, quienes luego del terremoto del 10 de agosto disfrutan su estadía en la Unidad Deportiva Panamericana.
Santiago de Cali, 20 de agosto de 2026
Tres niños corren desenfrenados a la entrada del Coliseo de Hockey Miguel Calero, con esa alegría despreocupada que solo parece posible antes de cumplir cinco años de edad. Al frente, dos adultos mayores esperan con paciencia ser atendidos por la unidad médica. Dos metros más atrás, una pareja permanece sentada, tomada de las manos, como si quisieran detener el reloj.
A todos los une una misma historia: son damnificados del terremoto que estremeció a Cali el pasado 10 de agosto. El coliseo, convertido en albergue por decisión de la Alcaldía y la Secretaría del Deporte y la Recreación Distrital, se transformó en refugio para quienes perdieron sus viviendas o las vieron quedar lastimadas ante la fuerza del sismo.
Pero entre colchones, ayudas humanitarias, médicos y juegos infantiles, también hay historias que se resisten a ser derribadas. Una de ellas, la de Eddyn Orozco y Leidy Yulieth Segura.
Él nació en Aragua (Venezuela). En 2023 cruzó la frontera rumbo a Colombia sin imaginar que, además de un nuevo país, encontraría al amor de su vida. Ella es de Buenaventura y dejó atrás el puerto que la vio crecer, atraída por la belleza y la alegría de Cali.
Desde que se conocieron, algo quedó encendido entre los dos. Una llama que ni las dificultades, ni la distancia, ni ahora la furia de la naturaleza, han conseguido apagar. Hoy, mientras esperan que la vida vuelva a encontrar su cauce, Leidy Yulieth atraviesa su segundo mes de embarazo.
Imposible para Eddyn olvidar aquella mañana. Eran las 7:34 del 10 de agosto. Estaba en el tercer piso de la vivienda que ocupaban en el barrio El Piloto, cuando la tierra comenzó a moverse con una fuerza impresionante. Su primer pensamiento no fue prenderse de las paredes ni tratar de salvar los objetos que caían disparados al piso. Fue por su esposa y por esa vida que apenas comienza a formarse.
“Dios es grande y metió su mano”, dice, mientras recuerda aquellos segundos que se volvieron eternos. Yulieth estaba dormida y de repente lo llamó. Pero él creyó inicialmente que ella estaba jugando, hasta que sintió que la cama se movía. Entonces reaccionó, la tomó en sus brazos y bajó con ella.
Las paredes se movían. Se abrían grietas. La habitación, que hasta hace unos segundos antes era refugio, crujía con violencia. “Salimos afectados y aquí estamos. Caminamos y dormimos durante tres días en la calle, porque no había ni un alquiler”, cuenta Eddyn.
Tres días a la intemperie, buscando dónde descansar. Tres días intentando comprender cómo la vida puede cambiar en cuestión de segundos, hasta que apareció una puerta abierta.
Un techo para seguir juntos
Caminando durante horas conocieron la existencia del albergue habilitado en el Coliseo Miguel Calero. Llegaron hasta allí con pocas pertenencias y mucha incertidumbre. “Estamos vivos por cosas de Dios”, dice Eddyn.
No pide dinero. Tampoco habla de recuperar de inmediato lo perdido. Su preocupación es más sencilla y, al mismo tiempo, más profunda: tener un techo bajo el cual dormir junto a su esposa y encontrar un trabajo en lo que se considera experto: maestro de construcción.
“No estamos aquí para que nos den plata, para que nos den nada. Aquí estamos es para ubicarnos en un techo, evitando muchos peligros en la calle”, enfatiza.
En medio de la tragedia, sus ojos vuelven a iluminarse. Cuenta que en el albergue reciben comida tres veces al día, refrigerios, atención médica y espacios para que los niños jueguen. Pero, cuando habla de lo verdaderamente importante, vuelve a mirar a Yulieth.
“Ahora lo que me importa es descansar con mi esposa. No me importa lo material, no me importa nada; lo que me importa es que estamos vivos y tenemos un techo para dormir un poco mejor”, agrega con satisfacción.
Afuera quedaron una casa averiada, las pertenencias perdidas y la incertidumbre sobre el futuro. Adentro, entre el movimiento de los niños y el ir y venir de quienes atienden a los damnificados, ellos conservan algo que el terremoto no pudo llevarse: sus manos entrelazadas y una vida que viene en camino.
Otra tragedia en el puerto
Leidy Yulieth también carga con otro dolor. Su casa materna en Buenaventura se cayó. Aunque sus hermanos están vivos y ha podido comunicarse con su familia, dice que no cuenta con apoyo suficiente para reconstruir su hogar.
“Estoy totalmente en la calle”, expresa. Habla de su municipio natal con tristeza. Considera que Buenaventura necesita ayuda, solidaridad y acompañamiento. No pide lujos; pide apoyo para volver a empezar.
Y, aun así, su voz no se queda atrapada en la tragedia. Piensa en quienes perdieron familiares. Les envía sus condolencias. Piensa en quienes, como ella, todavía están de pie. Y entonces agradece: “démosle gracias a Dios los que estamos vivos”.
En sus palabras no hay espacio para expresar todo el dolor que siente, al igual que una esperanza obstinada en el mañana. La certeza de que, cuando todo parece haberse derrumbado, todavía queda algo por reconstruir.
El tiempo puede esperar
Está atardeciendo y en el Coliseo Miguel Calero el tiempo avanza. Los niños no paran de jugar. Los médicos y enfermeros atienden diferentes casos y las familias acogidas han hecho amistad en tan pocos días. Afuera, Cali intenta recomponerse después del sacudón que alteró la vida de cientos de personas.
Y ellos siguen allí, viendo las mismas estrellitas del primer día en que se cruzaron. Eddyn y Leidy Yulieth, sentados uno junto al otro, tomados de las manos. Ambos, caleños por adopción y damnificados por una tierra que se estremeció implacable.
Quizá no tengan todavía una casa a la cual regresar o desconozcan dónde dormirán dentro de unos meses. Quizá el futuro sea tan incierto como la grieta que apareció en las paredes de su antiguo hogar. Pero hay algo que permanece intacto: su amor. Ese que nació cuando dos desconocidos se encontraron en Cali. Ese que atravesó fronteras, ciudades y dificultades. Ese que resistió tres noches en la calle y que ahora espera, paciente, el nacimiento de un nuevo integrante de la familia.
La tierra pudo sacudir sus paredes, pero no sus manos. Y mientras el reloj sigue su marcha, ellos permanecen juntos, como si supieran que, después de perder una casa, todavía tienen el lugar más importante donde refugiarse: el uno en el otro.
Para tener en cuenta
El Coliseo Miguel Calero, ubicado en la Unidad Deportiva Panamericana, fue dispuesto como refugio temporal, ofreciendo valoración médica, asistencia psicosocial, alimentación y resguardo seguro para familias y sus animales de compañía. Diversos organismos de la Alcaldía de Cali, sumados al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), se unieron para hacer feliz su permanencia en el escenario.
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