¿Por qué conservar los ecosistemas del Parque Nacional Natural Farallones de Cali?

¿Por qué conservar los ecosistemas del Parque Nacional Natural Farallones de Cali?

El Parque Nacional Natural Farallones de Cali pertenece a la región denominada Chocó Biogeográfico, una región neotropical (húmeda) que cubre 187.400 kilómetros cuadrados. El territorio es un mosaico de planicies fluvio-marinas, llanuras inundables, valles estrechos y empinados escarpes montañosos, hasta una altitud de aproximadamente 4.000 metros sobre el nivel del mar. Es uno de los climas más lluviosos del mundo y en algunos puntos de Colombia puede alcanzar un registro de lluvias de hasta 16.000 milímetros por año.

Su aislamiento (separación de la cuenca amazónica por la Cordillera de los Andes) ha contribuido para hacer de la región del Chocó biogeográfico una de las más diversas del planeta: 9.000 especies de plantas vasculares, 200 de mamíferos, 600 de aves, 100 de reptiles y 120 de anfibios. Hay un alto nivel de endemismo, es decir que aproximadamente el 25% de las especies de plantas y animales que habitan en esta región, están limitadas a este ámbito geográfico, no encontradas de forma natural en ninguna otra parte del mundo.

Algunas de estas especies se encuentran amenazadas por la minería de oro que actualmente vierte (en distintas regiones), desechos tóxicos para la salud, como el Cianuro y el Mercurio, en las aguas que alimentan este ecosistema megadiverso.

La conservación de esta zona es una preocupación política candente a nivel global y también debería serlo a nivel local en todas las ciudades cuyo Producto Interno Bruto dependa de los servicios ecológicos que brinda este ecosistema.

Cuando se entiende que la naturaleza es el último refugio de vida salvaje libre, cuando se aman los paseos por los bosques, o el acecho para sorprender al “perforador de flores enmascarado” (Diglossa Cyanea), resulta antipático hablar en términos de las leyes del mercado.

Muchos ambientalistas, ecologistas y los encargados de la protección de la naturaleza, se han mantenido durante mucho tiempo al margen de los discursos y narrativas económicas cuando se trata de justificar su activismo. Sin embargo, es evidente que todo discurso romántico carece de efecto sobre las fuerzas económicas del mercado, es decir, sobre la realidad que se impone a las sociedades humanas, que son las que con sus actividades extractivas impactan el medio ambiente. Es verdad que en este tercer milenio la pobreza y las enfermedades inquietan mucho más que la salud del oso de anteojos que habita en este parque.

Foto: Oso de anteojos. Imagen tomada de Encyclopedia of life (eol.org). Licencia Creative Commons.

Debido a que -en el campo de la conservación del medio ambiente sano- nos enfrentamos a decisiones de relevancia social, necesitamos tener en cuenta el conjunto de las fuerzas presentes (aunque sea para hacer prevalecer un punto de vista actualmente minoritario), pues cierto pensamiento economicista ha excluido de “su” realidad el impacto sobre el ambiente, de igual manera que la ecología científica tradicional ha excluido de su campo de percepción al humano y a la economía.

En ese sentido, el Dagma ha vinculado laboralmente a personas que, debido a necesidades económicas, extraían recursos naturales en Farallones de Cali, quienes actualmente desempeñan como guardabosques actividades de conservación de los ecosistemas y del agua.

En el momento actual no se puede desligar  a la humanidad de la naturaleza, ni lo ecológico de lo socioeconómico, como tampoco se puede desvincular lo económico de lo social. Esto es lo que nos dice una visión ecológica del planeta, abierta a considerar entre sus criterios la dinámica compleja y completa de la biósfera, como una visión económica que comprenda las sociedades humanas en su contexto ambiental. Esto fue lo que constató la Sociedad Norteamericana de Ecología en el campo científico,  denominado economía ecológica.

Bienes y servicios ecológicos

Los humanos han extraído recursos de la naturaleza desde siempre: para alimentarse, vestirse, calentarse, construir, sanarse. Esto sigue siendo así, y en el circuito del comercio es fácilmente cuantificable: se puede establecer su valor monetario.

En cambio, el concepto de servicio ecológico es relativamente nuevo, pues apareció el cuerpo teórico de la ecología en 1980, aunque sus orígenes sean muy anteriores. También se denomina servicios ecosistémicos, al conjunto de condiciones y procesos por los cuales los ecosistemas, y las especies  que constituyen la red viviente, satisfacen las necesidades de las personas.

Estos conceptos se utilizan para referirse a la producción de servicios, o sea, las funciones útiles de estos ecosistemas para nuestra especie: la purificación del aire y del agua, la regulación de las inundaciones y sequías, la desintoxicación y descomposición de los residuos, la conservación de la fertilidad de los suelos, la polinización de las plantas –bien sean cultivadas o silvestres-, la regulación de los climas, el control de las especies potencialmente invasoras, etcétera, a lo cual podemos añadir los servicios estéticos como el paisaje, y culturales, como fuente de conocimiento para la investigación. Esto servicios ecosistémicos son consecuencia de los ciclos biológicos, geológicos y químicos y de los seres vivos que, a partir de la energía que obtienen del sol, y que fluye a través de toda la red trófica (o ‘cadena alimenticia’), animan la biósfera entera.

El contexto que envuelve esta definición de servicios ecológicos, evita la percepción de que la naturaleza es ajena al mercado y que no tiene valor, porque cuando las cosas se degradan aparecen los costos. Es evidente que esta definición, que hace de la naturaleza un bien que presta servicios, forma parte de una estrategia más general que busca incluir los procesos ecológicos en el campo económico.

No se trata solamente de decir que los bosques, ríos, lagos, mares, flora y fauna son nuestro patrimonio y nuestro bien más preciado. Tampoco de definir el precio de la vida usando criterios mercantiles. Y sin embargo, este enfoque es estratégico para defender la biodiversidad y los ecosistemas con todos los medios de los que disponemos en un mundo donde el patrón de referencia es el costo económico y monetario.

Pero no podemos autoengañarnos: poner un valor a la Danta, o a la fijación de carbono atmosférico  a través de la fotosíntesis (limpieza realizada al aire de todo el mundo por los bosques megadiversos de Farallones), no nos exonera de reivindicar con fuerza el respeto a los valores que fundan nuestra pertenencia a lo que llamamos “humanidad”.
 


Ya que es legítimo comprender el funcionamiento de las sociedades humanas por medio de la economía ¿por qué habría de estar prohibido proceder igualmente con los asuntos de la naturaleza, incluyéndonos? De esto se trata una de las corrientes de la economía ecológica.

Podríamos referirnos, por ejemplo, a los aproximadamente 1.086 nacimientos de agua que hay en el Parque Farallones, de los cuales algunos componen las cuencas de los 6 ríos que se originan en este ecosistema (Aguacatal, Meléndez, Lili, Cali, Cañaveralejo y Pance), que abastecen los acueductos de los que beben al menos 500.000 habitantes de la ciudad de Cali.

El Dagma, como parte de su misión institucional, se encuentra en proceso de gestión de dos puestos de vigilancia y control en este Parque Natural, que es fundamental para la conservación del recurso hídrico de esta ciudad.

Información obtenida del “Plan de Ordenamiento y Manejo de la Cuenca Hidrográfica del Río Cali (POMCH)”. Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca CVC - Fundación Pachamama. 2011.

David Escobar
Comunicaciones Dagma


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Fecha de publicación 20/05/2016
Última modificación 20/05/2016

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